Marketing: Algo está pasando

Llama la atención la incapacidad de distintas empresas a la capacidad de innovarse. En tiempos de crisis, donde los empleados tiemblan por posibles despidos y los presupuestos se hacen cortos, sorprende el seguir insistiendo con un marketing del siglo pasado (hace rato estamos en el XXI) porque resulta “que no hay ventas”.

Seguir insistiendo en las clásicas Newsletter (esos trípticos con información irrelevante que en la mayoría de las veces no son sacadas del sobre transparente) o los típicos avisos en las revistas o diarios, terminan siendo recursos despilfarrados y que no poseen una clara medición de impacto.

Podría seguir sumando elementos, los swf que pasan uno tras otro en las pantallas plasmas, los estáticos y para que decir, el famoso e-mailing que llega muchas veces sin invitación a nuestro correo o simplemente, en horarios donde la gente no prende el computador.

Este artículo que parece de antipublicidad es un llamado de alerta para abrir los ojos y entender que no basta con seguir aplicando viejos recursos. Es cierto y sé que alguno puede decir, el sumar puntos de comunicación permite llegar a todas partes y de variadas formas. Totalmente de acuerdo, pero lo que estoy tratando de decir, que hay que aceptar el reinventarse y simplemente reconocer a las nuevas tendencias comunicaciones que están sucediendo no sólo en Chile, sino que en todo el mundo.

Hoy el consumidor es totalmente distinto al de hace 10 años atrás. La Internet, los teléfonos celulares, las consolas de juegos y el crecimiento digital han modificado las costumbres de recibir y aceptar mensajes.

Las áreas de marketing tienen en la gran mayoría de las empresas un vacío enorme en las temáticas digitales o lo que hoy se conoce como Marketing Digital 2.0 y Social Media. Hay un ruido afuera, saben que las personas se reúnen en Facebook o que Twitter existe y te piden, “créame una cuenta Twitter”… ¿y para qué? Si los que están a cargo no lo comprenden, no lo dimensionan, no captan el mensaje, la forma en que hay que moverse en los medios digitales y lo que es peor, escuchan bien poco y luego se tapan los oídos.

Bye, bye Barbie (parte VIII)

Cuando el inconsciente, gobierno de todos los factores de la existencia, se estructura como lenguaje, en su uso sistemático el niño adquiere conectividad con el entorno y puede entenderse como sujeto definible. Hay aquí un poderoso link semiótico expresado por la conocida aserción freudiana respecto a que los dos mecanismos principales de los procesos inconscientes, el desplazamiento y la condensación de los significados, son fenómenos esencialmente lingüísticos: la metáfora y la metonimia.

Es así que desde la misma “fase del espejo” lacaniana vamos construyéndonos en y a través de este segundo cordón umbilical —el lenguaje- que nos conecta con los múltiples espejos de identidad que nos contienen, describen e identifican. El momento de vernos en un espejo, entonces, es el momento de la estabilidad: descubrimos (o confirmamos) lo que somos, lo que nos corresponde, a través de aquello que, frente a nosotros, está dándonos respuestas visibles y reaseguradoras. Es el Punto Fijo lacaniano concretado a partir de un “flash” de sentido.

El Punto Fijo representa el Momento de Estabilidad de la persona, en el cual tenemos, además de certezas, conciencia de tener esas certezas (I know that I know, como me gusta definirlo). Este instante de estabilidad es visualizable como un mágico “flash de sentido” en el que disponemos de al menos cuatro evidencias sustanciales:

sabemos quiénes somos,
sabemos lo que creemos estar diciendo,
sabemos el significado que deseamos trasmitir, y
queremos decir lo que estamos diciendo.

El Otro, por el contrario, representa el Momento de Mutabilidad de la persona. Es un lapso de desatención simbólica o, si se quiere, de vagabundeo significacional donde nuestra vinculación de conciencia se alinea tan solo con lo estrictamente operativo. Resulta clarificador visualizarlo como un espacio entre paréntesis durante el cual simplemente vivimos en piloto automático, sin referencias externas determinantes ni significados constantes u objetivos.

Esta visión psicoanalítica aplica al restringido universo de la transacción de bienes simplemente porque el consumidor es un ser humano. Y no deja de comportarse como tal al momento de comprar pimentones o contratar un servicio de televisión por cable. Al mismo tiempo pone de manifiesto la irrelevancia de las aproximaciones tradicionales al consumidor frente a la precisión de la semiótica estructuralista y lacaniana en dos hechos fundamentales:

*    El acto de adhesión / consumo sólo se concreta cuando el espejo de una marca produce un momento de identidad en la persona.

*    Cada Momento de Identidad resulta del acuerdo de Sentido entre una marca y un consumidor que ve los valores de su mundo construído reflejados en ella.

En efecto, en el Reino de lo Simbólico del individuo enfrentado al consumo, las marcas son los nuevos espejos y el lenguaje de las marcas el cordón umbilical que, al proveernos de significados, nos aproxima a satisfacer el deseo de unir nuestro “Yo” con “el Otro”. Cada vez que ello se produce, estamos frente a un Momento de Identidad que nos regresa a la posición estable del Punto Fijo. Sí, es un acto fugaz. Es un flash, una ilusión incluso, pero es también lo único que nos acerca a aquello irremediablemente perdido el día que nos reconocimos por primera vez en el espejo de nuestro dormitorio de niños.

En resumen: ¿con qué debiéramos quedarnos para gerenciar todo este conocimiento?
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Estás Aquí Para Ser Feliz, Coca-Cola España

Los invito a ver este excelente comercial realizado para Coca Cola España. El guión es tan potente, que no te puede dejar indiferente.

Bye, bye Barbie (parte VII)

No es en modo alguno caprichoso: dando por sentado que los datos provenientes de la investigación tradicional son veraces y la convicción de que si repiten la investigación un año más tarde seguirán siéndolo, muchos anunciantes crean fórmulas inamovibles de predicción y, como consecuencia, le suponen efectividad permanente a sus intervenciones en favor de la marca. El resultado de ello es el único objetivo de la exploración tradicional sobre el mundo del consumo: la sensación de estar en constante control.

Pero como decía mi abuelo Ceferino, pescador de La Coruña y más tarde maquinista del ferrocarril de los ingleses, la vida es dura. Y para los anunciantes, la parte dura de la vida es enfrentar una realidad empecinada en demostrar que si todas aquellas certezas no fueran falsas por completo, al menos son sospechosas. Tener al consumidor bajo control es un espejismo que, como todo espejismo, implica el riesgo mortal de desperdiciar nuestro resto de fuerzas yendo a su encuentro para descubrir que no es más que una trampa óptica.

La calidad de espejismo de los modelos de control está dada, en mi perspectiva, por dos razones:

a) Apenas la marca es instalada en el espacio comunicacional, el anunciante pierde el control a manos del consumidor. El poder de la marca no resulta de la voluntad soberana de quien la sustenta, sino de la contínua generación y regeneración de significados que se verifica en su relación con el consumidor. Este es quien resignifica y le asigna -o no- un sentido coherente con los valores de su mundo construído.

b) El control es imposible porque el consumidor se fragmenta en decenas de tipos de consumidor al día. Del stock valórico con que construye constantemente su propio e inalienable mundo real, el consumidor selecciona los valores que mejor representan su cultura frente a cada categoría de consumo y, con ellos, negocia en los términos más satisfactorios para sus necesidades. No se compran dulces como se compran tumbas ni se eligen serruchos como colegios para nuestros hijos.

Frente a la perversidad conceptual del modelo de control, se levanta la noción de subjetividad lacaniana. A partir de ella he estado explorando un modo de aproximación alternativo -el “Modelo de Estados de Subjetividad”-, el cual presiento por completo complementario al concepto de mundo construído. Jacques Lacan desechaba la posibilidad de que los seres humanos tuviéramos una identidad fija y centrada, sugiriendo en cambio un peregrinaje eterno entre dos “estados de subjetividad”: el “Punto Fijo” y “El Otro” (1). Según el sicoanalista francés, esta oscilación permanente es consustancial a la especie puesto que allí se verifica la dinámica del Sentido. Sin duda, una perspectiva alentadora para quienes sostenemos que la jerarquía de la raza humana respecto a los demás seres vivos es su capacidad de expresión simbólica.

Lo atractivo de esta visión es que no agota la distintividad del ser humano en la sola posibilidad de resignificación a través del lenguaje connotativo, sino que induce a desagregar el conjunto dando espacio a la singularidad que distingue a cada individuo de sus pares: la relación con el Sentido. Podemos disponer mensualmente de la misma cantidad de dinero; compartir edad y sexo; haber estado sometidos a las mismas condicionantes sociales y haber sido enfrentados a las mismas experiencias culturales. Podemos vivir en el mismo país, la misma ciudad, el mismo barrio, el mismo edificio, el mismo departamento y el mismo dormitorio. Podemos haber sido educados en los mismos colegios y universidades durante el mismo tiempo; trabajar en la misma profesión; tener incluso el mismo nombre y apellido. Podríamos, con estas variables —y con decenas más si se quisiera- ser estadísticamente idénticos. Y pese a todo ello no seremos más que seres extraordinariamente semejantes que mantienen una extraordinaria distintividad: nuestra relación individual con el Sentido.

Esto es en verdad lo que nos convierte en únicos, puesto que somos tan diferentes de los demás como las diferencias en el modo, la intensidad y la frecuencia con que ejercemos nuestra relación con el Sentido. Ésta es operada sobre dos vías simultáneas (la necesidad de encontrar sentido y la voluntad de conferirlo) y podemos visualizarla como el incesante ejercicio de responsabilidad que desencadena nuestra conciencia de ser: la búsqueda de las coordenadas significacionales qué soy, quién soy, por qué soy. En la respuesta a estas tres preguntas se sustenta nuestro esqueleto de identidad.

Cuando aparece la palabra identidad, aparece Lacan. Y cuando aparece Lacan, desaparecen los targets (es curioso, suena como slogan de insecticida).

Según Lacan, la oscilación permanente entre el Punto Fijo y El Otro es consustancial a la especie puesto que allí se verifica la dinámica del Sentido. La respuesta al requerimiento de Sentido radica en la dependencia a encontrar espejos en los cuales podamos reflejarnos nítidamente. De hecho, la referencia es a la célebre Mirror Fase, con la que Lacan define el período recorrido por el niño a partir de que reconoce por primera vez su imagen en un espejo como ser autónomo. En este primer estado de identificación de la separatidad, ubicado entre los seis y dieciocho meses de vida, se colocan los cimientos de su sentido de identidad y de diferenciación con la madre a la cual antes había estado adscrito. La crucial calidad del período se manifiesta porque en su interior se suceden tres reinos síquicos:

El Reino de lo Real. El niño no distingue entre él mismo y los objetos que necesita. Gracias a esta unicidad original, a esta completitud, no hay pérdida, ni ausencia ni necesidad insatisfecha. Y porque nada falta, porque nada exige ser nombrado, el lenguaje no existe.

El Reino de lo Imaginario. El niño pasa de tener necesidades a tener demandas, las que no se traducen en exigencias de objetos sino en el reconocimiento del otro, en el amor del otro. La sensación que allí surge, denominada otherness, es de aguda ansiedad por reunirse con “el otro”, por retornar a la completitud y unicidad que se vivía en el Reino de lo Real, cuando “el otro” era un fragmento inseparable de sí mismo. Es exactamente en el transcurso de este Reino donde se sitúa la “fase del espejo”, prelingüística, donde la idea de ego se construye por primera vez a través de la identificación con la imagen especular: “el Otro” se vuelve “Yo”.

El Reino de lo Simbólico. Si con la experiencia del espejo el niño descubre la pérdida de la completitud, la entrada a éste, el siguiente reino, se da por la confirmación de la existencia de que aquél que lo mira desde el espejo es un “pequeño otro”. De esta forma, el niño percibe que es posible que un objeto puede traerle al “Otro” (aun cuando sólo sea un “pequeño Otro”) y ello origina la aparición del deseo, esa interminable falta, esa ausencia eterna, sintetizada en el querer ser uno con el “Otro”. En este período de bautizo cultural el niño construye su propia visión del mundo, comprendiendo la relación entre significante y significado (objeto y concepto). Nunca más volverá al Reino de lo Real pero dispondrá de la posibilidad que le ofrece el Reino de lo Simbólico: el uso del lenguaje. Así, al nombrar las situaciones, las personas reemplazamos al objeto ausente, al objeto ido, al objeto de deseo al cual anhelamos unirnos simbióticamente por el resto de la vida.

Bye, bye Barbie (parte VI)

Unos buenos amigos míos me aportaron un concepto -del que me apropié de manera instantánea, sin vergüenza y sin remordimientos- que ilustra maravillosamente a los modelos de pensamiento sustentados en el control: el consumidor visto como una muñeca Barbie. Funciona como reloj suizo. La parábola se refiere a que el sorprendente anacronismo de la investigación tradicional, en su angustia por ofrecer parámetros estables a los anunciantes, visualiza al consumidor como una figura a la cual podemos adecuar a nuestros juegos de mercado con sólo proporcionarle un nuevo set de ropa y accesorios:

*    La glamorosa Barbie teñida con Préférence porque ella lo merece.
*    La Barbie pragmática, lavando con los biozolves de Drive la delicada ropita de la bebé Barbie.
*    La Barbie conservadora leyendo The Times y la Barbie “progresista” leyendo Penthouse.
*    La seductora Barbie viviendo el intenso placer de Nescafé Fina Selección.
*    La Barbie adolescente chateando con sus amigos por el nuevo prepago de Telefónica Móvil.
*    Configurada distinta, pero Barbie. Siempre Barbie.

Barbie es, entonces, nuestra “persona que compra bienes y servicios”. Bajo un axioma tan demoledor, no importa que se trate de una transacción hipotecaria, la adquisición de supositorios o la adhesión a un candidato político: en la perspectiva de los modelos de control Barbie siempre es Barbie y siempre seguirá siendo Barbie, de tal forma que la ecuación se mantenga inalterable:

persona + compra / adopción = consumidor.

Esto supone una dinámica de transacción de mercado a partir del supuesto que consumidor y marca se ubican por los siglos de los siglos como “un punto fijo, en un espacio fijo, en un tiempo fijo”. Y, cambie lo que cambie a su alrededor, allí se instalan sin dependencia alguna del contexto, la coyuntura específica o la categoría de producto o servicio. Cabe imaginar lo conveniente que resultaría tamaña certeza cuando, al fragmentar el supuesto, pudiéramos asegurarnos que…

Si el consumidor ocupa un punto fijo, puede ser segmentado y convertido en componente de target, lo que permite que una masa de individuos diferentes pueda ser condensada e inmovilizada en las mismas coordenadas de apertura y motivación de compra.
Resultado: sé quién eres.

Si el consumidor ocupa un espacio fijo, este contexto puede ser descrito, mensurado y comparado, dado que existen límites comprensibles y dinámicas que caracterizan el espacio.
Resultado: sé dónde te encuentras.

Si el consumidor existe en un tiempo fijo, puede ser anclado a un presente perpetuo, donde las mecánicas se repiten para conformar un archivo de hábitos.
Resultado: sé cómo te comportas.

Lástima que haya tan poco de cierto en todo esto. Aunque, peor aun, es que se lo siga tomando como si lo fuera.
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Bye, bye Barbie (parte V)

Lo que ocurre —explico sin mayor esperanza- es que el sentido es el conjunto de representaciones que sugiere un discurso. Si ustedes —simplifico para entusiasmarlos- sueñan con que su marca signifique para el consumidor algo que claramente sea bueno, bonito y barato, no hay demasiado misterio: construyámosle un discurso que sugiera la representación de algo claramente bueno, bonito y barato. Hasta allí todo bien. Pero ese todo no es todo. Porque del discurso publicitario no está en juego su verdad (como alegan los críticos), ni su estética (como claman los creativos), ni siquiera su funcionalidad para expresar atributos de producto (como suponen los anunciantes), sino su aceptabilidad por parte del público. O sea, su capacidad de generar sentido.

En ese momento, mis futuros ex-clientes ya está mirando sus relojes con más impaciencia que disimulo, pero como a mí me sobra el tiempo que a ellos les falta, les digo en tono de confidencia que el sentido, en realidad, es un efecto producido al interior del propio lenguaje y como la esencia misma del lenguaje es su intencionalidad comunicativa, implica necesariamente la existencia participativa de un interlocutor.

Lo que pasa entre las personas, pasa entre las marcas y los consumidores. Cuando una persona dialoga se obliga a encontrarse con la comprensión del otro, y es solamente en esa estructura dramática donde el sentido emerge. Por eso ninguna expresión de sentido puede ser autista. Y ninguna expresión de sentido puede ser menos autista que la del discurso publicitario, puesto que su funcionalidad es que sea aceptado, incluso (o especialmente) por un interlocutor cuya comprensión pudiera ser indiferente, distinta, contradictoria y hasta definitivamente adversa. ¿Qué certeza de ser escuchados, qué garantías de lograr adhesión y qué otra alternativa de salvación tenemos si no logramos construir sentido en el diálogo con el consumidor? Más de una vez, alguno de los ejecutivos me respondió que bastaba con bajar el precio. Luego (en las ocasiones que hay un luego), y sin tratar de aprovecharme del estado cataléptico que produce semejante parrafada, cambio abruptamente la óptica para requerir:

-Bueno, ¿y cuál es el target de tu marca?

Ahora las respuestas pueden ser tan extensas como para quintuplicar el silencio anterior, pero aun más pródigas en su contenido de sensateces cualicuantitativas. Las mismas que se repiten como tablas de la ley desde antes que la mayoría de nosotros viniéramos al mundo. Lo que es decir. Pero esto no termina. Sobre lo que viene a continuación he aprendido que, o lo expreso con la más exquisita cortesía o las reuniones se enfrían como si el mismísimo Belcebú se hubiera colado por una hendija de la ventana:

-Ustedes pueden estar muy seguros de todo lo demás, pero en cuanto a lo del target, les recomiendo que no estén confiados en que siquiera exista.

Y éste es el punto. Se me ocurre que, después de presupuesto, la palabra más usada en el idioma de la publicidad, el marketing y la investigación debe ser consumidor. Más que producto, más que marca, incluso más que mercado. Sin embargo, mientras producto, marca y mercado han sido objeto de pensamiento profundo y análisis multidisciplinario permanente, el concepto consumidor se ha mantenido sumergido en un manoseo superficial que no ha sufrido modificaciones sustanciales desde los tiempos primigenios de Maslow y Lazarsfeld. Es común hablar de consumidor como si se tratara de los moais de la Isla de Pascua: una raza inmutable, impertérrita, perfectamente homogénea y con el delicioso toque de misterio que justifique visitas esporádicas a su temperado archipiélago. Visitas que, después de todo, son apenas necesarias: los moais (los consumidores) siempre han estado ahí y no hay ningún motivo para temer que desaparezcan repentinamente.

El error imperdonable es la decisión de ignorar que el mundo ha cambiado alrededor del concepto consumidor y, por lo tanto, su significado debiera haberse alterado al menos proporcionalmente.
¿Consumidor significa lo mismo hoy que en 1950?
¿Consumidor significa lo mismo en Lituania que en Canadá?
¿Consumidor significa lo mismo para Jaguar que para Fiat?
¿Consumidor significa lo mismo en chicles y en financieras?

Los modelos de pensamiento desarrollados en torno al consumidor en los últimos decenios están unidos por una extraordinaria paradoja: la totalidad de ellos todavía coexisten y se creen válidos en nuestros días, aun cuando sabemos que todo lo demás se ha modificado y sigue modificándose vertiginosamente. Lo encuentro digno de Ripley. La mayoría de los productos que existían hace medio siglo hoy ya no existe y la mayoría de los productos que existe hoy ni siquiera se imaginaban hace medio siglo.
¿Qué se ha mantenido inalterable en alimentos, información, transporte, ocio, medicina, comunicaciones, educación o electrónica?
¿Cuál era el significado de —por ejemplo- la palabra “pantalla” en 1955 y qué significa “pantalla” hoy?
¿Cuánto sabía un niño de 8 años en 1963 comparado con un niño de la misma edad en el 2001?

Más espeluznante aun para verificar la vorágine del cambio: de las 100 corporaciones más rentables de Estados Unidos, ¿cuántas existían en 1973? Ninguna. ¿Cuántas existían en 1981? Ninguna. ¿Cuántas existían en 1994? Ninguna.
Nin-gu-na.

Algo debe andar mal, verdaderamente mal, para que supongamos que todo puede cambiar, menos los consumidores y nuestro enfoque investigativo sobre ellos. La respuesta a esa descomunal paradoja reside simple y trágicamente en que todavía pensamos al consumidor de la misma forma que en aquellos tiempos, o sea de acuerdo a la definición del diccionario: persona que compra bienes y servicios. Y por eso los modelos tradicionales de investigación, absurdos como ábacos en una tienda de chips, siguen manteniendo su encanto.

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Bye, bye Barbie (parte II)

Pero veámoslo desde el principio.
Durante el feudalismo europeo, el aldeano promedio mantenía un exiguo cotidiano contextualizado por el mismo paisaje, el mismo hábitat, los mismos utensilios y la misma indumentaria. En ese espacio acotado, el solo alcance de la mirada bastaba para abarcar el mercado completo. Las manos eran suficientes para tocar todos los productos y los oídos para escuchar a todos los vendedores. Mientras aquel consumidor disponía de una oferta que no superaba el centenar de ítems, el “aldeano” de hoy se asoma, en cualquier hipermercado, a una oferta en torno a las 50.000 referencias. No hay ojos que abarquen todo este conjunto, no hay tiempo para palpar la evidencia física de cada propuesta, no hay capacidad de comparación ni criterio que ampare una elección objetiva entre tal diversidad. Aquel mercado de plaza donde todo era visible, medible y sopesable, hoy es una virtualidad sostenida por representaciones, de tal forma que los productos pasan de existir en lugares físicos a habitar lugares mentales.

Nosotros, los modernos aldeanos, no vemos automóviles sino millones de pixeles que componen automóviles. Y no comparamos mantequillas sino fotogramas de películas donde se construye la ilusión de la mantequilla derritiéndose. Pero no vale la pena llorar por ello. En verdad, contra todo lo que pudiera alarmarse una mentalidad lineal, este proceso de desmaterialización no es un acto de dilución, sino de transformación: lo que el producto pierde en presencia física lo gana en existencia comunicacional y lo que pierde en materialidad, lo gana en significado. Así, cuando necesitamos afecto, buscamos a la marca que signifique afecto y si necesitamos precio, buscamos a la marca que signifique precio. Estos actos alquímicos no son sino la metamorfosis del producto real en producto comunicado, o, aun más específicamente, la conversión del producto en marca. La marca es, entonces, el producto significado y el espacio donde se legitima la significación en la cultura contemporánea son los medios.

Los medios re-presentan al mercado, lo sintetizan, lo ponen al alcance, lo evidencian. Es en los medios donde se manifiesta la transferencia de la realidad física del producto a la realidad comunicacional de la marca. Y es en los medios donde la función primordial de la marca -su capacidad de diferenciar e influir- se puede expandir a todo el repertorio simbólico de la persuasión. Si consensuamos que “persuasión” es la única palabra que le confiere sentido a la publicidad, no resulta difícil comprender la intimidad de esta actividad con la cultura mediática, o más aun, la subordinación de su supervivencia a la supervivencia de los medios como motor de la transferencia persuasiva.