Bye, bye Barbie (parte VII)

No es en modo alguno caprichoso: dando por sentado que los datos provenientes de la investigación tradicional son veraces y la convicción de que si repiten la investigación un año más tarde seguirán siéndolo, muchos anunciantes crean fórmulas inamovibles de predicción y, como consecuencia, le suponen efectividad permanente a sus intervenciones en favor de la marca. El resultado de ello es el único objetivo de la exploración tradicional sobre el mundo del consumo: la sensación de estar en constante control.

Pero como decía mi abuelo Ceferino, pescador de La Coruña y más tarde maquinista del ferrocarril de los ingleses, la vida es dura. Y para los anunciantes, la parte dura de la vida es enfrentar una realidad empecinada en demostrar que si todas aquellas certezas no fueran falsas por completo, al menos son sospechosas. Tener al consumidor bajo control es un espejismo que, como todo espejismo, implica el riesgo mortal de desperdiciar nuestro resto de fuerzas yendo a su encuentro para descubrir que no es más que una trampa óptica.

La calidad de espejismo de los modelos de control está dada, en mi perspectiva, por dos razones:

a) Apenas la marca es instalada en el espacio comunicacional, el anunciante pierde el control a manos del consumidor. El poder de la marca no resulta de la voluntad soberana de quien la sustenta, sino de la contínua generación y regeneración de significados que se verifica en su relación con el consumidor. Este es quien resignifica y le asigna -o no- un sentido coherente con los valores de su mundo construído.

b) El control es imposible porque el consumidor se fragmenta en decenas de tipos de consumidor al día. Del stock valórico con que construye constantemente su propio e inalienable mundo real, el consumidor selecciona los valores que mejor representan su cultura frente a cada categoría de consumo y, con ellos, negocia en los términos más satisfactorios para sus necesidades. No se compran dulces como se compran tumbas ni se eligen serruchos como colegios para nuestros hijos.

Frente a la perversidad conceptual del modelo de control, se levanta la noción de subjetividad lacaniana. A partir de ella he estado explorando un modo de aproximación alternativo -el “Modelo de Estados de Subjetividad”-, el cual presiento por completo complementario al concepto de mundo construído. Jacques Lacan desechaba la posibilidad de que los seres humanos tuviéramos una identidad fija y centrada, sugiriendo en cambio un peregrinaje eterno entre dos “estados de subjetividad”: el “Punto Fijo” y “El Otro” (1). Según el sicoanalista francés, esta oscilación permanente es consustancial a la especie puesto que allí se verifica la dinámica del Sentido. Sin duda, una perspectiva alentadora para quienes sostenemos que la jerarquía de la raza humana respecto a los demás seres vivos es su capacidad de expresión simbólica.

Lo atractivo de esta visión es que no agota la distintividad del ser humano en la sola posibilidad de resignificación a través del lenguaje connotativo, sino que induce a desagregar el conjunto dando espacio a la singularidad que distingue a cada individuo de sus pares: la relación con el Sentido. Podemos disponer mensualmente de la misma cantidad de dinero; compartir edad y sexo; haber estado sometidos a las mismas condicionantes sociales y haber sido enfrentados a las mismas experiencias culturales. Podemos vivir en el mismo país, la misma ciudad, el mismo barrio, el mismo edificio, el mismo departamento y el mismo dormitorio. Podemos haber sido educados en los mismos colegios y universidades durante el mismo tiempo; trabajar en la misma profesión; tener incluso el mismo nombre y apellido. Podríamos, con estas variables —y con decenas más si se quisiera- ser estadísticamente idénticos. Y pese a todo ello no seremos más que seres extraordinariamente semejantes que mantienen una extraordinaria distintividad: nuestra relación individual con el Sentido.

Esto es en verdad lo que nos convierte en únicos, puesto que somos tan diferentes de los demás como las diferencias en el modo, la intensidad y la frecuencia con que ejercemos nuestra relación con el Sentido. Ésta es operada sobre dos vías simultáneas (la necesidad de encontrar sentido y la voluntad de conferirlo) y podemos visualizarla como el incesante ejercicio de responsabilidad que desencadena nuestra conciencia de ser: la búsqueda de las coordenadas significacionales qué soy, quién soy, por qué soy. En la respuesta a estas tres preguntas se sustenta nuestro esqueleto de identidad.

Cuando aparece la palabra identidad, aparece Lacan. Y cuando aparece Lacan, desaparecen los targets (es curioso, suena como slogan de insecticida).

Según Lacan, la oscilación permanente entre el Punto Fijo y El Otro es consustancial a la especie puesto que allí se verifica la dinámica del Sentido. La respuesta al requerimiento de Sentido radica en la dependencia a encontrar espejos en los cuales podamos reflejarnos nítidamente. De hecho, la referencia es a la célebre Mirror Fase, con la que Lacan define el período recorrido por el niño a partir de que reconoce por primera vez su imagen en un espejo como ser autónomo. En este primer estado de identificación de la separatidad, ubicado entre los seis y dieciocho meses de vida, se colocan los cimientos de su sentido de identidad y de diferenciación con la madre a la cual antes había estado adscrito. La crucial calidad del período se manifiesta porque en su interior se suceden tres reinos síquicos:

El Reino de lo Real. El niño no distingue entre él mismo y los objetos que necesita. Gracias a esta unicidad original, a esta completitud, no hay pérdida, ni ausencia ni necesidad insatisfecha. Y porque nada falta, porque nada exige ser nombrado, el lenguaje no existe.

El Reino de lo Imaginario. El niño pasa de tener necesidades a tener demandas, las que no se traducen en exigencias de objetos sino en el reconocimiento del otro, en el amor del otro. La sensación que allí surge, denominada otherness, es de aguda ansiedad por reunirse con “el otro”, por retornar a la completitud y unicidad que se vivía en el Reino de lo Real, cuando “el otro” era un fragmento inseparable de sí mismo. Es exactamente en el transcurso de este Reino donde se sitúa la “fase del espejo”, prelingüística, donde la idea de ego se construye por primera vez a través de la identificación con la imagen especular: “el Otro” se vuelve “Yo”.

El Reino de lo Simbólico. Si con la experiencia del espejo el niño descubre la pérdida de la completitud, la entrada a éste, el siguiente reino, se da por la confirmación de la existencia de que aquél que lo mira desde el espejo es un “pequeño otro”. De esta forma, el niño percibe que es posible que un objeto puede traerle al “Otro” (aun cuando sólo sea un “pequeño Otro”) y ello origina la aparición del deseo, esa interminable falta, esa ausencia eterna, sintetizada en el querer ser uno con el “Otro”. En este período de bautizo cultural el niño construye su propia visión del mundo, comprendiendo la relación entre significante y significado (objeto y concepto). Nunca más volverá al Reino de lo Real pero dispondrá de la posibilidad que le ofrece el Reino de lo Simbólico: el uso del lenguaje. Así, al nombrar las situaciones, las personas reemplazamos al objeto ausente, al objeto ido, al objeto de deseo al cual anhelamos unirnos simbióticamente por el resto de la vida.

Bye, bye Barbie (parte VI)

Unos buenos amigos míos me aportaron un concepto -del que me apropié de manera instantánea, sin vergüenza y sin remordimientos- que ilustra maravillosamente a los modelos de pensamiento sustentados en el control: el consumidor visto como una muñeca Barbie. Funciona como reloj suizo. La parábola se refiere a que el sorprendente anacronismo de la investigación tradicional, en su angustia por ofrecer parámetros estables a los anunciantes, visualiza al consumidor como una figura a la cual podemos adecuar a nuestros juegos de mercado con sólo proporcionarle un nuevo set de ropa y accesorios:

*    La glamorosa Barbie teñida con Préférence porque ella lo merece.
*    La Barbie pragmática, lavando con los biozolves de Drive la delicada ropita de la bebé Barbie.
*    La Barbie conservadora leyendo The Times y la Barbie “progresista” leyendo Penthouse.
*    La seductora Barbie viviendo el intenso placer de Nescafé Fina Selección.
*    La Barbie adolescente chateando con sus amigos por el nuevo prepago de Telefónica Móvil.
*    Configurada distinta, pero Barbie. Siempre Barbie.

Barbie es, entonces, nuestra “persona que compra bienes y servicios”. Bajo un axioma tan demoledor, no importa que se trate de una transacción hipotecaria, la adquisición de supositorios o la adhesión a un candidato político: en la perspectiva de los modelos de control Barbie siempre es Barbie y siempre seguirá siendo Barbie, de tal forma que la ecuación se mantenga inalterable:

persona + compra / adopción = consumidor.

Esto supone una dinámica de transacción de mercado a partir del supuesto que consumidor y marca se ubican por los siglos de los siglos como “un punto fijo, en un espacio fijo, en un tiempo fijo”. Y, cambie lo que cambie a su alrededor, allí se instalan sin dependencia alguna del contexto, la coyuntura específica o la categoría de producto o servicio. Cabe imaginar lo conveniente que resultaría tamaña certeza cuando, al fragmentar el supuesto, pudiéramos asegurarnos que…

Si el consumidor ocupa un punto fijo, puede ser segmentado y convertido en componente de target, lo que permite que una masa de individuos diferentes pueda ser condensada e inmovilizada en las mismas coordenadas de apertura y motivación de compra.
Resultado: sé quién eres.

Si el consumidor ocupa un espacio fijo, este contexto puede ser descrito, mensurado y comparado, dado que existen límites comprensibles y dinámicas que caracterizan el espacio.
Resultado: sé dónde te encuentras.

Si el consumidor existe en un tiempo fijo, puede ser anclado a un presente perpetuo, donde las mecánicas se repiten para conformar un archivo de hábitos.
Resultado: sé cómo te comportas.

Lástima que haya tan poco de cierto en todo esto. Aunque, peor aun, es que se lo siga tomando como si lo fuera.
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Bye, bye Barbie (parte V)

Lo que ocurre —explico sin mayor esperanza- es que el sentido es el conjunto de representaciones que sugiere un discurso. Si ustedes —simplifico para entusiasmarlos- sueñan con que su marca signifique para el consumidor algo que claramente sea bueno, bonito y barato, no hay demasiado misterio: construyámosle un discurso que sugiera la representación de algo claramente bueno, bonito y barato. Hasta allí todo bien. Pero ese todo no es todo. Porque del discurso publicitario no está en juego su verdad (como alegan los críticos), ni su estética (como claman los creativos), ni siquiera su funcionalidad para expresar atributos de producto (como suponen los anunciantes), sino su aceptabilidad por parte del público. O sea, su capacidad de generar sentido.

En ese momento, mis futuros ex-clientes ya está mirando sus relojes con más impaciencia que disimulo, pero como a mí me sobra el tiempo que a ellos les falta, les digo en tono de confidencia que el sentido, en realidad, es un efecto producido al interior del propio lenguaje y como la esencia misma del lenguaje es su intencionalidad comunicativa, implica necesariamente la existencia participativa de un interlocutor.

Lo que pasa entre las personas, pasa entre las marcas y los consumidores. Cuando una persona dialoga se obliga a encontrarse con la comprensión del otro, y es solamente en esa estructura dramática donde el sentido emerge. Por eso ninguna expresión de sentido puede ser autista. Y ninguna expresión de sentido puede ser menos autista que la del discurso publicitario, puesto que su funcionalidad es que sea aceptado, incluso (o especialmente) por un interlocutor cuya comprensión pudiera ser indiferente, distinta, contradictoria y hasta definitivamente adversa. ¿Qué certeza de ser escuchados, qué garantías de lograr adhesión y qué otra alternativa de salvación tenemos si no logramos construir sentido en el diálogo con el consumidor? Más de una vez, alguno de los ejecutivos me respondió que bastaba con bajar el precio. Luego (en las ocasiones que hay un luego), y sin tratar de aprovecharme del estado cataléptico que produce semejante parrafada, cambio abruptamente la óptica para requerir:

-Bueno, ¿y cuál es el target de tu marca?

Ahora las respuestas pueden ser tan extensas como para quintuplicar el silencio anterior, pero aun más pródigas en su contenido de sensateces cualicuantitativas. Las mismas que se repiten como tablas de la ley desde antes que la mayoría de nosotros viniéramos al mundo. Lo que es decir. Pero esto no termina. Sobre lo que viene a continuación he aprendido que, o lo expreso con la más exquisita cortesía o las reuniones se enfrían como si el mismísimo Belcebú se hubiera colado por una hendija de la ventana:

-Ustedes pueden estar muy seguros de todo lo demás, pero en cuanto a lo del target, les recomiendo que no estén confiados en que siquiera exista.

Y éste es el punto. Se me ocurre que, después de presupuesto, la palabra más usada en el idioma de la publicidad, el marketing y la investigación debe ser consumidor. Más que producto, más que marca, incluso más que mercado. Sin embargo, mientras producto, marca y mercado han sido objeto de pensamiento profundo y análisis multidisciplinario permanente, el concepto consumidor se ha mantenido sumergido en un manoseo superficial que no ha sufrido modificaciones sustanciales desde los tiempos primigenios de Maslow y Lazarsfeld. Es común hablar de consumidor como si se tratara de los moais de la Isla de Pascua: una raza inmutable, impertérrita, perfectamente homogénea y con el delicioso toque de misterio que justifique visitas esporádicas a su temperado archipiélago. Visitas que, después de todo, son apenas necesarias: los moais (los consumidores) siempre han estado ahí y no hay ningún motivo para temer que desaparezcan repentinamente.

El error imperdonable es la decisión de ignorar que el mundo ha cambiado alrededor del concepto consumidor y, por lo tanto, su significado debiera haberse alterado al menos proporcionalmente.
¿Consumidor significa lo mismo hoy que en 1950?
¿Consumidor significa lo mismo en Lituania que en Canadá?
¿Consumidor significa lo mismo para Jaguar que para Fiat?
¿Consumidor significa lo mismo en chicles y en financieras?

Los modelos de pensamiento desarrollados en torno al consumidor en los últimos decenios están unidos por una extraordinaria paradoja: la totalidad de ellos todavía coexisten y se creen válidos en nuestros días, aun cuando sabemos que todo lo demás se ha modificado y sigue modificándose vertiginosamente. Lo encuentro digno de Ripley. La mayoría de los productos que existían hace medio siglo hoy ya no existe y la mayoría de los productos que existe hoy ni siquiera se imaginaban hace medio siglo.
¿Qué se ha mantenido inalterable en alimentos, información, transporte, ocio, medicina, comunicaciones, educación o electrónica?
¿Cuál era el significado de —por ejemplo- la palabra “pantalla” en 1955 y qué significa “pantalla” hoy?
¿Cuánto sabía un niño de 8 años en 1963 comparado con un niño de la misma edad en el 2001?

Más espeluznante aun para verificar la vorágine del cambio: de las 100 corporaciones más rentables de Estados Unidos, ¿cuántas existían en 1973? Ninguna. ¿Cuántas existían en 1981? Ninguna. ¿Cuántas existían en 1994? Ninguna.
Nin-gu-na.

Algo debe andar mal, verdaderamente mal, para que supongamos que todo puede cambiar, menos los consumidores y nuestro enfoque investigativo sobre ellos. La respuesta a esa descomunal paradoja reside simple y trágicamente en que todavía pensamos al consumidor de la misma forma que en aquellos tiempos, o sea de acuerdo a la definición del diccionario: persona que compra bienes y servicios. Y por eso los modelos tradicionales de investigación, absurdos como ábacos en una tienda de chips, siguen manteniendo su encanto.

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La semiótica mete la cuchara (De cómo la semiótica salió del aula y entró al salón del directorio) IX

El primer nivel
Se trata de un nivel privado, donde habitan los valores de base de la Marca, permanentes, incontrovertibles, correspondientes a la cultura del segmento de público estratégico del anunciante en cuanto a cómo quiere y necesita que sea percibida su Marca. Estos valores representan la recompensa final para el consumidor, deben ser capaces de trascender los cambios impuestos por modas o coyunturas de mercado y expresan el sustento axiológico permanente del cual se nutre su propuesta de sentido. En el caso de Marlboro, por ejemplo, el valor de base es -desde 1954 hasta hoy- la virilidad. Claramente, este valor corresponde a la intención de comunicar su esencia de tabaco fuerte, propio de hombres indepen-dientes en un entorno gregario, que ejercen una faena varonil en una geografía áspera, de vastos espacios abiertos.

El segundo nivel
Nivel emergente, de dominio público, manifiesta aquel valor de base a través de la propuesta narrativa que lo contiene. Este es el espacio donde la Marca propone sus significados al mercado mediante una puesta en escena en la cual el productor instala la oferta axiológica. Aquí la Marca despliega su paisaje simbólico, desde el humano hasta el geográfico, desde momentos del día hasta momentos del alma. Así, Lucky Stricke se instala en claroscuros urbanos, desdibujada (redibujada) entre una bruma de imágenes desenfocadas y objetos familiarmente irreconocibles. Budweiser, por su parte, sugiere una fantasía naif construída al amparo de una amigable animación computacional, fundando un espacio irónico en torno a la socarronería de pequeños animales campestres.

El tercer nivel

Pero sólo es en esta sección, la capa de la superficie, donde la Marca hace su mayor esfuerzo por diferenciarse y capturar la atencionalidad del consumidor. Es el momento para que el discurso actúe haciendo uso de su máximo poder metonímico (la síntesis capaz de evocar al todo). Aquí aparecen los protagonistas -objetos o personas- con el objetivo de ser “llaves del reino”: figuras que nombran con su sola presencia a todo el mundo al cual representan. Es en este plano, por ejemplo, donde el antiguo motociclista de Lucky Stricke hoy es un igualmente solitario adulto joven urbano que bucea en su alma y se desdibuja en luces y sombras, en mujeres fugaces, en viajes interiores donde no hay felicidad ni tristeza, sino un reino del gris asumido como tal detrás del humo del cigarrillo.  Sin embargo, pese a que ha cambiado el paisaje, el valor axiomático de Lucky se mantiene: ser recompensa y compañera de viaje para un hombre autovalente, confiado en su unicidad, entregado a sus propias decisiones.

Como vemos, la Marca no necesariamente tiene que ver con la realidad, pero la realidad siempre tiene que ver con la Marca. El mundo imaginario que propone existe más por oposición al mundo real que por pertenecer a su dominio y en ese universo paralelo, en ese juego de espejos, la Marca es un instrumento de fragmentación y de rescate, calificando en dos operaciones cruciales:

- la promoción de identidades explícitas dentro de la marea de confusión significacional, provocando un orden que revierte la oscuridad, la indiferencia y la tergiversación simbólica; y
- la construcción de identidades mágicas, que excedan los marcos de la simple denotación y otorguen estatus mítico al producto.

La combinación de ambas operaciones, verificándose permanentemente a lo largo de la negociación significacional con el consumidor, es lo que genera el sentido.
Es allí cuando constatamos que el producto transado ya no se consume en el uso sino que -al representar los sueños, las aspiraciones, los proyectos y logros de las personas- se transforma en signo y pasa a significar. Y cuando el producto significa, deja de ser producto para convertirse en marca.
Una alquimia inequívoca que ya no pertenece a las ciencias ocultas. Y en el que la semiótica tiene mucha cuchara que meter.

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La cultura del mall: espacios privados en un lugar público (parte V)

Los Estilos de vida marquistas

La cultura del mall pone de manifiesto, concentra y enfatiza la dimensión semiótica del consumo, desde que, en su mayor parte, los productos que exponen sus vitrinas como “objetos de deseo” finalmente terminan por no ser objetos en absoluto.
Esto se explica porque, más que resultados de un proceso material de fabricación, los productos son expresiones de valor simbólico en la cultura del consumidor -o sea resultados de un proceso sicosocial de fabricación-: al producto lo construyen las máquinas; a las marcas, las personas.
Las marcas reemplazan el valor de uso por el valor de símbolo, reduciendo al producto a una excusa, a una simple manifestación de la cosa real que justifica su valor significacional. Por esta razón los productos, en definitiva, son significados y como tales, se vuelven marcas.
Lo crucial de este fenómeno es que, precisamente, la capacidad de producir significados define al ser humano y lo diferencia como especie de todas las demás, puesto que ninguna de éstas tiene capacidad simbólica. De la misma forma, podríamos afirmar que la Marca define al producto y gracias a que le otorga una capacidad simbólica, lo distingue de todos los demás.
Consecuentemente, podemos establecer diferencias vitales entre las nociones de producto y de marca, las que funcionan con la misma eficiencia tanto para resolver la esencialidad de un bien físico unitario como para detectar las áreas de significación en un “hiperproducto”, como un centro comercial:

- El producto se compra, la Marca se adquiere.
- El producto tiene precio, la Marca valor.
- El producto se desgasta, la Marca madura.
- El producto se consume, la Marca permanece.
- El producto denota, la Marca connota.
- El producto es práctica, la Marca  espíritu.
- El producto es realidad, la Marca  percepción.

De esta forma, no resulta siquiera curioso que un fumador compre Lucky Stricke, no cigarrillos, puesto que simultáneamente con la adquisición del producto físico se adquiere la identidad de Lucky, la filosofía de Lucky, la puesta en escena simbólica de Lucky. El fumador de Lucky coloca un nuevo ladrillo en la costrucción de su Yo al asumir protagonismo en la cultura urbana postmoderna que Lucky le propone identitariamente.

Pero esto no ocurre en la solitaria asepsia de nuestro mundo individual, sino, por el contrario, con una marcada insersión gregaria: en la cultura del “ir al mall”, la construcción del Yo es siempre contingente a la participación del sujeto en el espectáculo del consumo. Como ya sabemos, en el centro comercial las vitrinas significan simultáneamente una superficie para las proyecciones individuales en las marcas exhibidas (la vitrina como espejo) y un rito de pasaje entre una identidad y la siguiente (la vitrina como apertura). Y aquí es donde debemos retomar la perspectiva sicoanalítica de Lacan para entender el proceso.
Los actos de vitrineo funcionan como el espejo lacaniano, ya que la vitrina simboliza la superficie en que el consumidor, al semiotizar (al darle significado a) los productos exhibidos, se juega la construcción de una identidad personal y social específica. Esta semiotización depende de una dialéctica de miradas entre los actores y espectadores implicados. Durante el espectáculo, los productos devenidos en marcas son quienes proveen el material para la actuación, al proporcionar las máscaras con las que las personas adquieren identidades e interactúan entre sí.
La demanda interminable del consumidor por adquirir identidad se expresa en una insaciable sed de imagen. Pero como la imagen de marca es un don semiótico sujeto a las presiones de la moda y el cambio cultural, las marcas ganan significado tan rápidamente como lo pierden.
Así, frente a este ciclo de modificación valórica, el consumidor está contínuamente obligado a buscar nuevos espejos donde reflejarse. Como le ocurría al mítico Don Juan -a quien su propensión a las mujeres le impedía satisfacerse con la posesión física de sólo una de ellas- la búsqueda de identidad del consumidor lo impulsa a una repetición infinita del ritual de consumo.
El consumo le permite al individuo que cambie la máscara como cada ocasión lo requiera. A falta de una identidad central básica, el individuo en la cultura de consumo asume su propia construcción en torno a la imagen que proyecta para los demás: “Soy lo que usted percibe que soy”. Con esto no estamos diciendo “soy para el otro” sino “soy por lo que el otro me interpreta” o bien “soy por el sentido que me asignan”, dos variantes de la externalidad irrefutable que exalta el valor de la otredad en la construcción identitaria postmoderna.
Esta manifestación se asocia a la nueva cultura emergente en cuanto el individuo desecha el seguro refugio de una identidad única, inamovible, incorruptible y totalizadora, para participar en cambio en el riesgoso, incierto juego de máscaras que propone la contínua modificación identitaria.
El sentido de “jugar el juego” radica en su potencialidad de adaptación, dado que la dinámica de la máscara desechable flexibiliza al sujeto en cuanto a su capacidad de negociar en mejor posición frente a cada acto de consumo. De esta forma, mi máscara de comprador de perfume no tiene por qué ser la misma que la de comprador de berenjenas. Si no compro perfumes por los mismos motivos por los que compro berenjenas, ¿por qué voy a poner en juego los mismos valores de consumo?…